¡Nadie fume, esto puede explotar!

 

Por: Alejandro Cárdenas San Antonio

 

El primer cuadro de la ciudad resulta ser una de las zonas más afectadas por sus apolilladas y erosionadas construcciones de la época colonial. Vecindades de Tepito, Lagunilla, Merced, Guerrero, están derruidas. En la porfiriana Colonia Roma las glamorosas fachadas Art Deco colapsaron sepultando vivos a sus habitantes, en varios lugares de la ciudad es ya cuestión de tiempo para que el desequilibrio reclame lo ganado y todo se venga al suelo por lo estropeado de sus pilares y cimientos, por doquier se aprecian grietas muy profundas y no están únicamente en las paredes y los pisos, también en las almas y los hogares por toda la capital, el agua brota en las banquetas igual que las interminables lágrimas de los sobrevivientes junto con las de aquellos que lo perdieron todo ¡y todo es todo! hiede a gas, no dejan de reventar los transformadores de luz que se escuchan como cañonazos. 

En la colonia Santa María la Ribera las bardas de adobe, bloques de paredes en casas antiguas y vecindades decrépitas se derrumbaron en segundos igual que cuando pierdes la confianza en alguien que amas. Lo más horrendo, sin dejar de ser desquiciante -porque no estás acostumbrado a contemplar tanto escombro y tristeza juntos- fue el edificio Nuevo León que ayer seguía erguido en sus 15 pisos en la tercera sección de Tlatelolco y la misma tragedia sufrieron centenares de mujeres costureras que trabajaban cerca de las estaciones del metro Isabel la Católica, Pino Suarez y San Antonio Abad.

Mi tía Elena llega llorando, está muy nerviosa y en shock, en su rostro se dibuja un pánico incontrolable y está transparente. Mientras balbucea y trata de limpiarse el moco con un trapo que no deja de revolver en sus manos,  narra que la Torre Latino Americana era un péndulo a punto de caer, cuenta que ella miró cómo la tierra de las casas desplomadas subía igual a neblina negra y que esa cortina arenosa oscureció los distintos rumbos del primer cuadro de la ciudad, describe relámpagos entre la espesura del polvo, ella vio el momento en que por el rumbo de la Alameda Central cayó abatido y ruidoso el techo de una gran construcción aún inacabada, describe que hay mucho humo hacia el lado de Avenida Juárez muy cerca de las instalaciones de los periódicos El Universal y Excelsior, asegura que también hacia el rumbo de Tlatelolco ya no se alcanzan a distinguir algunos edificios por tanto polvo grisáceo. Cubre su rostro con las manos, deja de hablar, se queda sollozando y temblando. Mi abuela la abraza y le da un pedazo de pan. El tiempo pasa y nadie dice nada ni nos movemos.

Me decido y me asomo a la calle por la ventana, las personas siguen gritando, mi edificio en esta manzana es el más alto, las demás casas son bajas y estamos rodeados por vecindades. Desde aquí, miro a Cheli que va en su bicicleta y le pregunto a gritos hacia dónde se dirige y me responde que a la Alameda porque ha escuchado decir a la gente que se vino abajo el Hotel Regis. 

-¡Espérame, quiero ir! ¡voy a sacar mi bicicleta!

-¡Regreso más tarde! –avisé a mis familiares y salí hecho un bólido sin esperar respuesta.

Pedaleamos un amplio tramo sobre los carriles de Reforma, la Avenida se mira muy extraña porque está totalmente vacía, no hay circulación, hay personas que cruzan corriendo la calle, se notan muy desesperados, hombres y mujeres van aún en ropa de dormir, con sandalias, envueltos en toallas, van presurosos para algún lado. 

Llegamos al Metro Hidalgo por la salida cercana a la Iglesia de San Hipólito, hay centenares de personas fuera de la estación llorando, son rostros desesperados, hay grandes filas tratando de hacer llamadas en los teléfonos públicos que ya no sirven, nos metemos veloces por Balderas, llegamos hasta Avenida Juárez, ahí está el Hotel Regis desbaratado, convertido en un inmenso sandwich, sale humo, las grandes letras amarillas que describían la naturaleza del lugar están abatidas contra el pavimento. 

No se mira a nadie, parecería que estaba vacío, el célebre hotel es un mazacote de ladrillos y varillas, jamás en mi vida he visto algo así tan solo a un par de metros, me impacta el espectáculo, una decena de transeúntes trata de remover algo de los escombros, por el polvo y el humo no alcanzo a distinguir de qué se trata. 

En este momento no pienso en los trabajadores ni en los posibles huéspedes que podrían estar dentro, recuerdo solamente que un día, aquí en la sala del cine Regis que ante mis ojos ya no existe, miré la película de El Hombre Elefante. La vida de John Merrick que me conmovió e hizo llorar con sus gritos desesperados e implorantes ¡no soy un animal, soy un ser humano! aquí vi a ese hombre obligado a ser un fenómeno de circo por una macabra broma genética al tener el síndrome de Proteus y que gritaba y sufría mientras sus explotadores le golpeaban sin misericordia -esas escenas me llenaron de rabia- ¡malditos cerdos! -recuerdo que grité a la pantalla.

Por Avenida Juárez, la gente corre angustiada con los ojos húmedos y sin saber qué hacer, esperan inútilmente que arriben los camiones de Bomberos y las ambulancias de la Cruz Roja. Nos quedamos varios minutos contemplando en ascuas el desordenado y trágico paisaje. Estaba por llegar nuestro turno para llorar. 

Escuchamos a un policía decirle a su compañero mientras comenzaban a resguardar el perímetro del Hotel Regis, que a la vuelta de la Quinta Delegación se había derrumbado una vecindad muy grande y vieja que se conocía como el Castillo y había muchos muertos. La descripción nos congeló la sangre.

-¡Enrique y El Gandalla! 

-¡No mames! 

-¡Nooo! 

-¡Ellos no! 

A toda velocidad nos vamos en las bicicletas por la calle de Zarco hacia el Castillo, damos vuelta en Violeta y frenamos hasta Héroes. En el camino miramos que hay gente por doquier fuera de las casas, no están vestidas para una fiesta o para ir al trabajo, están despeinadas, descalzas y traen puesto lo primero que encontraron, todas gesticulan alteradas lo que vivieron y propagan los rumores de viviendas colapsadas. 

Durante el trayecto, pude contemplar en el cielo gris repentinos fogonazos de transformadores que explotaban por sobrecarga -son los resplandores de los que hablaba mi tía Elena y el manto opaco es el polvo que levantan los derrumbes- llegamos a la vecindad. 

Es imposible conocer cuántas personas hay dentro y si entre ellas están nuestros dos amigos, todo cayó al suelo, del revoltijo de escombros exhala un espantoso olor a gas, brota el agua por entre los techos pulverizados y las paredes desmoronadas, los tinacos están hechos añicos y los barandales son manojos de fierros retorcidos. 

Entre los ladrillos miro por primera vez en mi vida gente aplastada. Parecen fantasmas, están inermes y completamente blanqueados por el polvo de la construcción que se mezcla con los charcos de su propia sangre coagulada. Se escuchan ahogados quejidos, no ubico de dónde provienen, de entre el amasijo aparecen personas que con dificultad se están arrastrando, alguien pide ayuda para salir de alguna parte y no es fácil localizar sus gritos de socorro. Hay tubos y varillas que salen de todas partes apuntando a las estrellas como astas sin bandera. La escena es conmovedora, sobrepasa la impotencia y el escalofrío me estremece. El rostro de Cheli está más blanco de lo que es, tiene los labios secos y la boca medio abierta. No sabemos qué hacer en ese momento, estamos paralizados. Frente a nosotros están las ruinas de la vecindad donde ayer por la noche nos despedimos de Enrique y El Gandalla. A ellos no los miramos por ninguna parte. 

-¡Nadie fume, nadie fume, esto puede explotar, nadie fume! 

Las personas que ya por fin reaccionan luego de la conmoción gritan desesperadas y se activan para rescatar a los que se mueven. Es un asombroso y extraordinario acto de fraternidad y verdadero humanismo, sin conocerse nadie, mujeres y hombres voluntarios se tienden la mano unos a otros. No son parientes, a lo mucho vecinos o transeúntes que pasaban por aquí, no hay protocolos de presentación, la pasión por resolver es general, hay que hacer algo para remediar esta catástrofe, no hay un manual, no hay herramientas, se necesita remover urgente lo que por veintenas de años fue la estructura de una sobrepoblada vivienda. Sobran trozos de paredes, hay toneladas de cemento amontonado, varillas enmarañadas de todos tamaños, bloques de loza, es incalculable la cantidad de ladrillos esparcidos, se miran salas, mesas, roperos, artículos eléctricos, retratos, lámparas, platos y todo es inservible, son estragos. Hay que buscar y sacar a los sobrevivientes, es la prioridad. Nadie obliga a nadie. Es un acto espontáneo -aunque quizá en principio desorganizado por lo insólito y el apremio- la escena de la unión entre semejantes y la compasión es profunda y enternecedora, transmite una energía de hermandad genuina, es un pacto consagrado y no escrito, no hay interés ni ambición de recompensa, el verdadero afán de la desenvuelta fraternidad es aminorar el dolor del prójimo. Junto con Cheli tengo los ojos humedecidos en lágrimas, brincamos de las bicicletas y sin pensarlo nos sumamos al apoyo de cargar y hacer a un lado todo lo que se pueda sin importar cuan pesado esté o lo difícil que represente despejar el área.

-¡Ayuden, ayuden, ayuden! -es una petición urgente que nos mueve a todos.

Se dan instrucciones, cualquiera sugiere, todos hacemos algo, aunque no nos digan qué ni cómo, hay estrategias instantáneas, los oportunos voluntarios realizan lo que creen que es correcto en este momento hasta los niveles heroicos e inverosímiles como sumergirse entre las ruinas para buscar personas con vida arriesgando la suya, todos hacemos lo que nos dicta el sentido común y la conciencia. Estamos unidos. Los que no pueden hacer trabajo rudo atienden a los heridos y consuelan a los que presentan crisis nerviosa. Aunque acongojados y turbados, nos esmeramos, el principal objetivo es socorrer y rescatar. Somos un ejército de hormigas sobre una pirámide de estragos. En cadenas humanas, nos vamos pasando de mano en mano, de persona a persona, todo tipo de cosas, siguen apareciendo más cuerpos sin vida, los sacamos y los colocamos uno junto a otros sobre la acera, les cubren el rostro con sus propias ropas, es una sensación muy impactante sujetar las extremidades frías de un humano fallecido, la muerte siempre conmociona, yo había visto varios cadáveres muy de cerca e incluso asistí a las autopsias en las clases prácticas de anatomía que tuve en la Prepa 9. 

Fin de la segunda parte. Mañana ‘No soporto

pensar que estén muertos mis amigos’

 

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