¡Rogándole piedad a Dios!

 

Por: Alejandro Cárdenas San Antonio

 

Hoy es jueves 19 de septiembre y desperté muy amodorrado, es relativamente temprano, tengo clase a las siete de mañana y no hay tarea por entregar, entonces elijo conservar el calor de las sábanas y no me levanto, ayer me la pasé jugando hasta muy tarde con mis amigos de parranda juvenil: Cheli, El Gandalla, Enrique y Daniel.

Soy un adolescente flaco y melenudo sin demasiadas responsabilidades, me encantan Iron Maiden y Def Leppard, escucho WFM, me motiva la voz metálica de Víctor Manuel Lujan, un locutor rockero que a los jóvenes nos apantalla y acelera con música de Heavy Metal y nos alucina cuando pregona en las cortinillas de sus programas en vivo:

-¡…los 80´s nos pertenecen…! 

Ayer por la noche llegué sudado y cansado a mi casa, me bañé con agua caliente y caí en un sueño profundo hasta que sonó la oxidada y vieja campañilla del despertador de mi abuela en punto de las seis de la mañana, lo apagué de un manotazo. 

Me sentía dolorido y definitivamente no me quise levantar, miré la lámpara del techo un rato y volví a cerrar los ojos. Preferí consentir la pereza con el calor seductor de la cama. Recuerdo que me dije: ¡Alejandro, a la chingada la escuela por un par de horas! me enrosqué por completo en las cobijas y me convertí en un capullo de un metro con 66 centímetros. 

A las siete de la mañana con 17 minutos y 47 segundos, mi cama junto con el piso, pierden toda orientación y enloquecen. adquieren voluntad propia, tienen un albedrío arrebatado y se vuelven desquiciadamente autónomos, el acostumbrado amarre gravitatorio de las cosas se soltó y hay un zarandeo lujurioso, la cama se va hacia el frente y mi cuerpo quedó rezagado en el movimiento, el piso ya fue y vino dos veces olvidando el eje de la cama y ahora en la sacudida le toca el regreso a la cama y vuelvo a quedar excluido, el piso tiene un notorio ritmo circular y todo pierde el equilibrio, ya nadie puede seguirle el compás a nada, se desata una energía tremenda, el entorno se constata desorquestado, todo se desarmoniza y las persistentes sacudidas me impregnan de inquietud e incertidumbre. 

Después vienen una serie de brincos, sube-baja-sube-baja-sube-baja, las patas de las camas, las de las sillas, las de la sala, las de la mesa, las de la alacena, percuten frenéticas en el suelo, se estremece la casa generando un ruido ensordecedor al que se suman los gritos desesperados de los vecinos y mi tía Elena porque están cayendo innumerables cosas y se destrozan en el piso que se sigue moviendo y vibrando, soy dueño de un vértigo en los intestinos, el subsuelo cruje, el piso y la cama están de ida y de regreso sin ponerse de acuerdo, un golpe de la cabecera me obliga a doblar el cuello, mi cuerpo se pone tenso, mi sangre se hiela, estoy paralizado por el susto, tengo calambres de los pies a la cabeza por el miedo y esto no para.

Vivimos en el cuarto nivel, mi tía Elena desde muy temprano está en los lavaderos aseando su ropa y no deja de gritar histérica y desesperada llamando a mi abuela.

-¡Mamaaá, maaamaaaá, mamacita linda! ¡Mamaaá, mamaaá! –su llanto es inconsolable y desgarrador igual que sus lamentos y yo no me puedo levantar porque estoy bloqueado por la conmoción. Mi abuela está en la cocina, está agarrada de los marcos de la puerta y le responde a gritos también llorando que se calme, que no sucede nada, que pronto pasará, trata de darle ánimos, pero mi tía en aullidos de pánico revienta sus cuerdas vocales afirmando que los edificios de alrededor se están cayendo. 

Hasta acá oigo el escándalo dentro de los tinacos de asbesto, el agua se sacude feroz, resuena como las gárgaras de un gigante, por el salvaje oleaje, las tapas salen volando, se estrellan y se rompen contra el suelo seguidas de un vómito transparente simulando cascadas y mi tía Elena, que está sola desde el inicio y tiene la visión panorámica desde la azotea, se desata en gritos inhumanos rogándole piedad a Dios, se escuchan explosiones, algunas son cercanas, se vuelven más frecuentes y están por todos lados, se sigue cimbrando todo, ya no existe la noción del tiempo porque esto es algo interminable. 

La inercia del desplazamiento oscilatorio provoca que todas las estructuras se muevan igual que un flan. Después, el eje vertical de las casas se descuaja por la furia de movimientos trepidatorios semejantes a los reparos de un toro musculoso que vuelto loco se desembaraza de su jinete.

Sin poder reaccionar en la confusión de lo que está ocurriendo, mi mente busca de manera desesperada registros previos sin conseguir algo que se relacione a este horripilante suceso. Estoy en blanco. Todo lo que ha sobrevenido es completamente inédito y me quedará grabado por siempre.

Por el pánico, durante el sismo me asaltó una sensación de culpa. En una improvisada, limitada y estúpida interpretación de inquieto adolescente, supuse que la naturaleza nos estaba dando un severo regaño y nos querelló por cometer una grave falta contra ella. Sin saber cuándo ni cómo, habíamos provocado su incontenible ira y después de tantas advertencias para corregir, en medio de su rabia ya no había consideraciones, nos reclamaba porque no cumplimos con nuestra responsabilidad, no guardamos el respeto debido y ahora envueltos en el estruendo de su enojo, nos traquetea y nos reitera enfurecida que no olvidemos la reprimenda; entonces, cegada por la indignación, desencadena todos estos impresionantes destrozos –lo que digo es imbécil, lo sé muy bien, se proyecta el terror de mi instinto primitivo- ante una zarandeada de tal magnitud, es el único dato que mi inexperiencia hilvana en ese momento.

Por fin se detuvo.

Con toda esta cólera desatada, incontables construcciones se vinieron a pique matando por aplastamiento a miles y miles de personas. Nadie ha sabido con certeza cuántas fallecieron. Fueron dos minutos de conmoción, de espanto, de pavor y por desgracia hay desaparecidos ¿cómo se puede olvidar? ¡fue una jodida pesadilla!

Fin de la primera parte. Mañana ‘¡Nadie fume, esto puede explotar!’

 

 

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